Entre muros que alguna vez resguardaron decisiones de Estado y campos que hoy alimentan tradiciones, Hacienda Zuleta late como un corazón andino donde la historia se entrelaza con la cultura y la comunidad. Yo estuve allí: caminé por sus jardines, probé sus sabores y escuché relatos que aún arden al calor de la chimenea. Fue un reencuentro con el Ecuador más auténtico, ese que se descubre despacio, con todos los sentidos.
Al llegar al final de esta crónica entenderás por qué Hacienda Zuleta no se visita: se vive.



Llegar es abrir un libro vivo.
A eso de las once de la mañana dejamos Quito rumbo al suroriente. El trayecto ya anunciaba lo especial del destino. Don Guillermo, nuestro conductor, compartía historias con orgullo. En un semáforo, me miró con brillo en los ojos y dijo: “Yo soy exclusivo de Zuleta, y a mucha honra trabajé con Patrón Galito”. Ese instante me reveló lo esencial: Zuleta no se visita como un lugar cualquiera. Se vive como un legado que sus habitantes protegen con el corazón. Tras hora y media de viaje llegamos a Ibarra, donde la hacienda —una joya arquitectónica del siglo XVII— se levanta con la serenidad de los lugares que saben esperar.
Aquí vivieron dos presidentes: Leónidas Plaza Gutiérrez y su hijo, Galo Plaza Lasso, recordado con cariño como “Patrón Galito”. Plaza Lasso fue un líder visionario que impulsó el desarrollo rural, la democracia participativa y una educación humanista que todavía se respira en Zuleta.




Un refugio que sonríe al viajero.
Vinicio, anfitrión local, nos recibió en la casona colonial. Sus muros de adobe guardan siglos de historia, los corredores vestidos de geranios hablan del cariño por los pétalos y sus colores, y las habitaciones, bautizadas con nombres familiares —Diana, Álvaro José, Margarita—, siguen contando historias al viajero curioso.
Mi cuarto fue un refugio: estufa de leña, sala con retratos antiguos, rosas frescas y un jardín privado.
Más que hospedaje, es la sensación de ser invitado a un hogar que abre sus puertas sin reservas.
Sabores que nacen de la tierra.
Cada comida en Zuleta es un diálogo con la tierra. El primer almuerzo fue un festín: locro de papas, pastel de maíz, ensalada de quinua y un crumble de ruibarbo que me devolvió a mi infancia en Loja, a las dulces conservas de mi abuela. El secreto está en su huerto orgánico, a pocos pasos de la cocina, donde el aire huele a romero y azahares. De allí, cada cosecha llega a la mesa y se transforma en platos típicos que nutren y deleitan con sabores únicos. Ximena y Sisa cocinaron y sirvieron cada plato con una sonrisa que decía: “esto también es parte de nosotros”. Y tenían razón: en Zuleta, cada bocado es un pedacito de tradición. Como ellas, el 90 % del equipo de la hacienda está formado por mujeres y hombres de la comunidad que ponen su trabajo y su esencia en cada detalle.
Tres litros que cuentan una historia.
Una tarde conocí a Fanny Aguilar, quien a sus 60 años sigue caminando con paso firme por los potreros de Zuleta. Allí pastan Tomasa, Pancha y Martina, vacas que ella cuida con esmero y paciencia. Al llegar, nos invitó a participar en el ritual del ordeño. Después de una breve clase, me animó a probar suerte con Martina. “Ella es la más buena, se porta bien”, me dijo con una sonrisa, mientras soltaba una risa y añadía: “la Tomasa es mañosa”. Ese día recolectamos tres litros de leche. Yo los vacié en un contenedor, y Fanny, con la fuerza y destreza que dan los años, los cargó en su espalda. Juntas caminamos hacia la planta. Así, Zuleta mantiene viva su tradición ganadera, que, sumada a la producción de la hacienda, alcanza los 8.000 litros de leche al día.
El arte de hacer queso.
Gran parte de esta leche se destina a la fábrica de quesos. Cabe resaltar que el queso es uno de los principales ingresos de la zona. Sin embargo, no fue hasta la década de los 50 cuando el expresidente Galo Plaza Lasso conoció al quesero suizo Oskar Purtschert. Gracias a su conocimiento y técnicas compartidas, los quesos de Zuleta son hoy un ícono nacional de tradición y calidad. En la parte trasera de la casona visitamos “La Casa del Queso”, un espacio donde se despliega la historia lechera y quesera de la hacienda. Allí se exhiben reconocimientos y se presenta la variedad de sus productos. Además, a través de un gran ventanal, se puede observar el proceso de cuajado de la leche. ¡Fascinante!
Entre volcanes y tradiciones, Zuleta revela un legado vivo: quesos, bordados y memorias que hacen de esta hacienda un destino único en Ecuador.
Oficios que convierten el tiempo en arte
El bordado zuleteño es otra joya. Perfeccionado en los años 60 gracias a Rosario Pallares, esposa de Galo Plaza, hoy sigue vivo en manos de maestras como Mayra Sandoval, que dibuja la naturaleza con hilos de colores. Los visitantes podemos aprender este arte o participar en clases de cocina con mujeres de la comunidad como Avelina Aguilar, quien entre risas y mucha paciencia, nos compartió algunos secretos del delicioso locro de papas.
Cóndor-Huasi: guardián alado de los Andes
En Zuleta, la conservación también tiene alas. La Fundación Galo Plaza Lasso, creada en 1995, dio vida a Cóndor-Huasi, la Casa del Cóndor, un lugar donde se lucha por devolverle al cielo andino a su ave más majestuosa. Aquí habitan las dos únicas parejas reproductivas de cóndores en cautiverio en el Ecuador. No son simples aves: son símbolos de resistencia, rescatados de la caza y del abandono, que hoy se crían y cuidan con paciencia infinita. El proyecto nació de la mano de biólogos alemanes y, con el tiempo, se levantaron aviarios capaces de albergar hasta seis ejemplares. Cóndor-Huasi no es un zoológico, es un santuario. En más de dos décadas, se han estudiado sus comportamientos, se han logrado nacimientos y algunos de sus hijos han vuelto a volar libres en los Andes. Tuve el privilegio de conocer a Ayu, Colla y Tarishka. Me quedé admirándolos y supe el por qué este paisaje no se entiende sin ellos.
Secretos ancestrales en Zuleta.
Entre potreros verdes y cielos andinos se esconden las pirámides caranquis, consideradas las segundas mejor preservadas del Ecuador, después de las que forman parte de el Parque Arqueológico de Investigación Cochasquí. Durante el recorrido, Anahí Alvear, guía de la Fundación Galo Plaza Lasso, me explicó que su valor no está solo en la conservación de las estructuras, sino en lo que revelan sobre la organización agrícola y algunos rituales pre incásicos. Aquí la tierra habla, cada pirámide es un testimonio vivo de la memoria andina. Hoy, arqueólogos de todo el mundo llegan a Zuleta atraídos por estos vestigios que todavía guardan respuestas —y preguntas— sobre nuestro pasado.

En Zuleta no solo se observa: se participa, se crea, se comparte.
Noches que se vuelven recuerdos.
Una noche conversamos con Margarita Plaza, hija de Galo Plaza. Al calor de la chimenea, entre risas y memorias, evocó escenas de su niñez: “En la galería llena de canarios, mamá nos ofrecía bonitísimas recién horneadas. Ese olor y ese canto aún me acompañan”. Más tarde se unió a la tertulia Fernando Polanco, actual gerente general y nieto del expresidente. Entre quesos y risas, compartimos anécdotas de las fiestas de San Juan, historias íntimas y familiares que convierten una visita en algo más que turismo: un encuentro cálido que se guarda en la memoria.



Aquella noche, entendí que Zuleta no es solo historia: es memoria viva que se comparte como pan caliente.
Actividades que enamoran en Zuleta.
Aquí el tiempo corre distinto. A veces parece detenerse, otras se acelera con la emoción.
- Cabalgatas entre montañas, riachuelos y hondonas donde el aire llega puro y con paz.
- Bicicleta y downhill para sentir la adrenalina con paisajes que roban el aliento.
- Senderos ecológicos que regalan el canto de los pájaros y el crujir de árboles centenarios
- Diversión familiar con juegos y una tarabita que enciende la imaginación de grandes y niños.
- Rincón de bienestar: jacuzzi bajo el cielo, masajes que alivian, sauna y baño turco que envuelven como un abrazo cálido.
No sorprende que en 2007 la revista Outside la incluyera entre sus Top Ten Finds of the World y que National Geographic Traveler la nombrara uno de los mejores hoteles del Ecuador.
Hacienda Zuleta no es solo un destino. Es un espacio para reír en familia y disfrutar con amigos.
Curiosidades de la Hacienda Zuleta
Con llave en mano, Vinicio abre el candado de un gran portón de madera. Al cruzarlo, el silencio se llena de misterio. Allí nos espera la Capilla privada de la hacienda, un espacio íntimo y sagrado. Su retablo tallado parece un sueño: figuras de María y Jesús acompañados de pequeños borreguitos blancos que parecen vigilar en calma. Pero lo que realmente atrapa la mirada es el altar principal. Sentada en una silla, aparece la Virgen Pastora de Zuleta, una advocación mariana , vestida con traje típico zuleteño, ¡única!: Una Virgen que no solo representa fe, sino también identidad, cultura y la fusión entre lo divino y lo andino.

Consejos prácticos
- Quédate al menos dos noches en Hacienda Zuleta para saborear la experiencia completa.
- Lleva ropa ligera para el día y abrigo para las noches frías de la sierra.
- No te pierdas la fogata nocturna con canelazo y marshmallows en el patio del viejo cholán.
Cifras que cuentan historias
Zuleta también se narra en números. Pero más que datos, son huellas: de culturas ancestrales, de manos locales y de sabores que perduran.
- Patrimonio vivo: tierras con vestigios caranquis.
- 90 % del personal es local: La hacienda da trabajo a personas de la comunidad de Zuleta y de las comunas aledañas
- 14 variedades de quesos.
- 8.700 litros de leche procesados cada día.

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Mi estadía en Hacienda Zuleta no fue un viaje. Fue una invitación imposible de rechazar. Aquí la historia conversa con la naturaleza, la hospitalidad se siente como un abrazo y cada detalle —un plato, un bordado, una sonrisa— se convierte en recuerdo imborrable.






Quiero visitar hacienda Zuleta. Qué bonito todo lo que cuentas, las fotos preciosas. Realmente un tesoro en medio de Los Andes. Espero ir pronto
Seguro será una gran experiencia, regreso feliz contigo a Hacienda Zuleta.
Qué maravilla! Desde luego que Hacienda Zuleta es más que una estancia, es una experiencia que hay que vivir. Solamente con ver los bordados en los manteles y los tipos de leche se nota el cariño que han puesto en todo. Me encanta ese contacto con la naturaleza en un sitio que se respira tanto amor.
Hola María, así es la verdad es que regresé obsesionada con los bordados Zuleteños. La hacienda tiene muchas razones para ir y volver varias veces… Acá te esperamos. Un abrazo.
Que espectacular esa Hacienda Zuleta. Y visitarla ha de ser como tu dices: una experiencia. Hay tanto que ver y haceren el Ecuador. Gracias por mostrarnos mi Ross.
Aquí te esperamos con los brazos abiertos, Enri. Yo feliz regreso contigo a Hacienda Zuleta. Un abrazo grande.