En una esquina de la actual Plaza de la Independencia, cuando Quito todavía olía a pólvora, flores e incienso, se cruzaron dos destinos encendidos: Manuela Sáenz y Simón Bolívar. Entre vítores, balcones y sueños de libertad, comenzó una de las pasiones más intensas, y más incómodas, de América Latina.










